"EN MEMORIA DE ROSA MARIA GRACIA (ROXY) + 12/01/2014" "Hoy decidí que me quiero morir. No dire las razones ni el fín. Hoy decidí que me quiero morir, quiero morir para estar junto a ti"

lunes, 9 de diciembre de 2013

Mi Cristo roto Padre Ramón Cué

 Cuando comencé a leer Mi Cristo roto, no pude mas que pensar en un crucifijo que acompaña a mi familia desde hace mas de cuarenta y ocho años. Yo apenas contaba uno y la historia me la contó mi madre. Por entonces todavía vivíamos en el pueblo y mi padre, que Dios lo tenga en su gloria, trabajaba en la mina y en el campo. Una noche lluviosa al volver de sus tareas en las tierras, la luz de su moto alumbro un bulto en un charco. Paso de largo, pero por lo que se ve, dio la vuelta y recogió lo que fue un crucifijo de diez centímetros de madera negra con un cristo, que yo siempre conocí ennegrecido y que llevo pegado en todos sus coches.
 El no fue nunca de "misas", como solía decir, pero a sus dos hijos nos envió a ser educados por los Padres Salesianos; a mi con mucho esfuerzo pues cuando fui la buena educación se "pagaba".
  Murió tras un penoso cáncer de veguija y después de recibir el sacramento de la extrema unción por parte del capellán del Hospital Clínico. Tuve que tomar la decisión, para aliviar su agonía, de que se le  administrara lo que se llama en cuidados paliativos "una sedición paliativa", tres días después fallecía en compañía de todos los que le queríamos.
 Tras su fallecimiento, retire el crucifijo y me lo quede, y cual no fue mi sorpresa cuando al frotarlo bien para limpiarlo descubrí un precioso Cristo dorado que ahora, colocado en un marquito con terciopelo negro, escucha mis oraciones y me recuerda siempre la figura de mi padre.

 Mi Cristo roto, del Padre Ramón Cué es un pequeño texto que contiene párrafos dignos ser meditados;



El vendedor exaltaba las cualidades para mantener el precio. Yo, sacerdote, le mermaba méritos para rebajarlo… Me estremecí de pronto. ¡Disputábamos el precio de Cristo, como si fuera una simple mercancía! Y me acordé de Judas… ¿No era aquella también una compraventa de Cristo? ¡Pero cuántas veces vendemos y compramos a Cristo, no de madera, de carne, en él y en nuestros prójimos! Nuestra vida es muchas veces una compraventa de cristos.

No me preguntes ni pienses más en el que me mutiló, déjalo, ¿Qué sabes tú? ¡Respétalo!, Yo ya lo perdoné. Yo me olvidé instantáneamente y para siempre de sus pecados. Cuando un hombre se arrepiente, Yo perdono de una vez, no por mezquinas entregas como vosotros.


Eso es lo que quiero, que al verme roto te acuerdes siempre de tantos hermanos tuyos que conviven contigo; rotos, aplastados, indigentes, mutilados. Sin brazos, porque no tienen posibilidades de trabajo. Sin pies, porque les han cerrado los caminos. Sin cara, porque les han quitado la honra. Todos los olvidan y les vuelven la espalda. ¡No me restaures, a ver si viéndome así, te acuerdas de ellos y te duele, a ver si así, roto y mutilado te sirvo de clave para el dolor de los demás! Muchos cristianos se vuelven en devoción, en besos, en luces, en flores sobre un Cristo bello, y se olvidan de sus hermanos los hombres, cristos feos, rotos y sufrientes.
Hay muchos cristianos que tranquilizan su conciencia besando un Cristo bello, obra de arte, mientras ofenden al pequeño Cristo de carne, que es su hermano. ¡Esos besos me repugnan, me dan asco!, Los tolero forzado en mis pies de imagen tallada en madera, pero me hieren el corazón. ¡Tenéis demasiados cristos bellos! Demasiadas obras de arte de mi imagen crucificada. Y estáis en peligro de quedaros en la obra de arte.
Un Cristo bello puede ser un peligroso refugio donde esconderse en la huida del dolor ajeno, tranquilizando al mismo tiempo la conciencia, en un falso cristianismo. Por eso
¡Debieran tener más cristos rotos, uno a la entrada de cada iglesia, que gritara siempre con sus miembros partidos y su cara sin forma, el dolor y la tragedia de mi segunda pasión, en mis hermanos los hombres! Por eso te lo suplico, no me restaures, déjame roto junto a ti, aunque amargue un poco tu vida.


Yo, como hijo de Dios, me hice responsable voluntariamente de todos los errores y pecados de la humanidad. Todo pesaba sobre Mí, mi Padre se asomó desde el cielo para verme en la cruz y contemplarse en Mi rostro, clavó sus ojos en Mí y su pasmo fue infinito. Sobre mi rostro, vio sobrepuesta sucesiva y vertiginosamente las caras de todos los hombres. Desde el cielo, durante aquellas tres horas terribles de mi agonía en la cruz, contemplaba el desfile trágico de la humanidad vencida, mientras tanto Yo le decía:
“¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!” No era Yo sólo quien moría en la cruz, eran miles y miles de dolientes seres humanos, derrotados muchos por sus propias pasiones, por sus errores, por sus pecados. El desfile era terrible, repugnante, grosero. Mi Padre vio pasar sobre mi rostro la cara del soberbio; la del sectario, imaginando la destrucción de Dios, la del asesino frío y desalmado...
Había labios repugnantes, ojeras hundidas marcadas con fuego de lujuria, alientos insoportables de ebriedad, palidez de madrugadas encenagadas en el vicio, sórdidos rictus de amargura y desesperación, turbadoras miradas de perversión y delito, de subterráneas anormalidades inconfesables y oscuras. Toda la derrota y las lacras de una humanidad irredenta, la agonía, la muerte. Y mi Padre… Dios, las amó a todas y perdonó sus pecados”.




 Mi Cristo roto


2º Domingo de Adviento Festividad de la Inmaculada Concepción

 Lucas 1, 26-38. Ciclo A.
En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: 
«¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo».
Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.
Pero el Ángel le dijo:

«No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin».
María dijo al Ángel:

«¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?». 
El Ángel le respondió: 
«El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios».
 María dijo entonces: 
«Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho»
Y el Ángel se alejó.


 SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN
DE LA VIRGEN MARÍA, MADRE DE DIOS
Y ASUNTA AL CIELO EN CUERPO Y ALMA
María y el Adviento 

(extracto de la voz del Prelado boletín Iglesia en Zaragoza)
Grande es la relación que guarda María con el Adviento. El Adviento nos señala la imperiosa necesidad que todos tenemos de conversión, de cambio de vida, para salir limpios al encuentro del Señor y, de este modo, hacer que sea posible la entrada de aquél en nuestras vidas. No otra es la voz de Juan el Bautista, el precursor, cuando clama ante los pecadores: “preparad el camino al Señor”. El pecado y la santidad no pueden nunca encontrarse, pues están en total oposición. Dios establece su morada en la santidad, mientras que aparta su rostro del pecado.
Pues bien, la solemnidad de la Inmaculada nos habla de un corazón que no ha conocido el pecado. Ese corazón es puro y sin mancha. Por tanto, es un corazón plenamente preparado para recibir la venida del Señor a él. De entre todas las personas que integraban el Resto de Israel, María era la única que reunía en sí misma las condiciones necesarias de posibilidad para recibir al Señor, para abrirle la puerta tan pronto como Él llamase.
Por eso, si el Adviento es el primer tiempo del año litúrgico en el que intensificamos nuestra conversión a Cristo, conscientes de la necesidad de ser santos para poder encontrarnos con Él, María Inmaculada, la Madre del Señor, se nos ofrece como el gran modelo a seguir. Ella engendra al Redentor bajo la acción del Espíritu Santo porque aquél, el Redentor, encuentra en María la sede de la santidad, de la pureza absoluta. El Adviento nos pone en camino hacia la santidad, una santidad.
Al proclamar a María “llena de gracia” en el acto de la Anunciación y “bendita entre todas las mujeres” en el acto de la Visitación, el ángel Gabriel e Isabel, la prima de la Virgen Madre, están diciéndonos uno y otra a los hombres de todos los tiempos que el encuentro con Dios exige necesariamente la santidad y que el Señor viene a nosotros y monta su tienda entre nosotros cuando nos encuentra preparados para recibirle.
Digamos, pues, con la Oración sobre las ofrendas de la Misa de hoy: “Señor, recibe complacido el sacrificio que te ofrecemos en la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, y así como a ella la preservaste limpia de toda mancha, guárdanos también a nosotros, por su poderosa intercesión, limpios de todo pecado”

domingo, 8 de diciembre de 2013

El organo que mejor habla...

Cuentan que un día llegó a la Clínica de un famoso cardiólogo cirujano, un viejecito, muy pobre, iba recomendado por el médico del hospital público. Tras horas de espera, el médico recibió al anciano y éste le explica la razón de su visita:
- 'Mi médico del hospital público me ha enviado porque considera que únicamente Ud podría solucionar mi problema cardíaco y, en su clínica poseen equipos suficientes para esta operación'.
 El médico ve los estudios y coincide con el colega del hospital. Le pregunta al viejito con qué Compañía de Seguros se haría operar. Este le contesta.... 'Ahí está el problema Dr. Yo no tengo seguro social y tampoco dinero. Soy muy pobre y sin familia... Lo que pido, sé que es mucho, pero quizá puedan ayudarme...'.
 El médico no lo dejó terminar. Estaba indignado con su colega del hospital. Lo despidió con una nota explicándole al Dr. que lo remitía que su "Clínica era Privada y no un centro caritativo”.
 Cuando el anciano se retiró. El médico se percató de que había dejado olvidada una carpeta unos folios, eran poesías...

Leer el texto completo en su blog de origen
Diario de un cura de aldea de  Miquel P. León Padilla

La Comunión espiritual




tarjetas y oraciones católicas
Una oración de petición que está entre las cosas buenas que seguramente el Señor nos quiere dar es la Comunión Espiritual.
  Tradicionalmente se ha considerado la Comunión Espiritual como un premio de consolación: no puedo comulgar sacramentalmente, entonces hago una Comunión Espiritual.
 La Comunión Espiritual no es primordialmente una sustitución de la Comunión Sacramental, sino más bien anticipación y extensión de sus frutos. Según la doctrina católica, las Comuniones espirituales deben siempre tener la Comunión sacramental como meta.
 La Comunión Espiritual puede repetirse muchas veces al día. Puede hacerse en la iglesia o fuera de ella, a cualquier hora del día o de la noche, antes o después de las comidas. Los que están en pecado mortal deben hacer un acto previo de contrición, si quieren recibir el fruto de la Comunión Espiritual.
  Un acto de comunión espiritual, expresado mediante cualquier fórmula devota, es recompensado con una indulgencia parcial
 Como Santo Tomás de Aquino,San Maximiliano Kolbe insistía que las gracias de la Comunión se reciben de acuerdo a nuestra condición espiritual y de acuerdo a nuestro deseo de unión con Dios. 
 Y, como Dios siempre otorga nuestro deseo de unión con El (ésa es una de las cosas buenas que El quiere darnos) es fácil concluir que las gracias de la Comunión no están limitadas a la Comunión sacramental.  “A veces”, dice San Maximiliano, “la Comunión espiritual puede traer las mismas gracias que la sacramental”. Kolbe no se está refiriendo a una sustitución de la Comunión Sacramental, sino a una adición a la misma, a través de Comuniones Espirituales.

Sta. Catalina de Siena tuvo una visión. Vio a Jesús con dos cálices y le dijo: “En este cáliz de oro pongo tus comuniones sacramentales y, en éste de plata, tus comuniones espirituales Los dos cálices me son agradables”.
 
San Juan María Vianney, el Cura de Ars, decía:  “Una Comunión espiritual actúa en el alma como un soplo de viento en una brasa que está a punto de extinguirse.  Cada vez que sientas que tu amor por Dios se está enfriando, rápidamente haz una Comunión espiritual”.

El Sacro Concilio de Trento alaba mucho la Comunión espiritual, y exhorta a los fieles a practicarla.
  Oración para la comunión espiritual de un enfermo
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